Ikigai es para muchos una filosofía de vida más que una palabra. Un concepto japonés que nos ha llegado del pueblo de centenario de Okinawa y que por eso puede que nunca lleguemos a comprender del todo, pero basta con detenernos a pensar en su significado más básico para plantearnos nuestro lugar en el mundo. Ikigai es nuestra razón de ser, aquello por lo que nos levantamos cada mañana y que nos ayuda a encontrar un sentido a esta broma que, para muchos, es de mal gusto.

Ikigai es la felicidad de estar siempre ocupado.

Y no se trata de preparar un examen, encontrar un trabajo o pagar una hipoteca. Ikigai es hacer aquello que se nos da bien y amamos hacer.

Encontrar una pasión y una meta en la vida puede no ser fácil para el todo el mundo, y alcanzarla después es tan difícil que nada te asegura que vayas a conseguirlo. Muchos escritores no pueden dedicarse plenamente a su trabajo y necesitan otros empleos o proyectos para sustentarse. ¿Pero sabéis qué os digo? Que hemos encontrado nuestro ikigai y solo por eso debemos luchar por hacer realidad nuestros sueños. Por muchas dificultades que nos encontremos en el camino, si de verdad esta es nuestra pasión, nuestra razón de vivir, nuestro ikigai, no podemos rendirnos. ¿Por qué dejar de hacer aquello que nos hace felices?

Quiero escribir estas palabras por toda la gente que se pasa las noches en vela, que encuentra tiempo en una vida donde los relojes nunca se detienen, que trabajan, cuidan de su familia, estudian o simplemente tratan de abrirse paso en esta sociedad hostil, y, aun así, al final del día se sientan ante una hoja en blanco para que otros disfruten de las vidas y mundos extraordinarios que ellos crean. Por los que no os habéis rendido y perseguís vuestros sueños. Por los que, aunque no lleguéis a alcanzarlos, os sintáis satisfechos solo por saber que lo habéis intentado.

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“No dejes que la gente te desanime. No estás en la agenda de nadie. Puedes conseguir un trabajo donde puedas escribir, o conseguir uno totalmente diferente: ninguna de estas cosas importa en este oficio. Solo debes saber que vas a necesitar tiempo para escribir, es lo único que necesitas. Más allá de eso, estás solo tú. Y cuando estés frente a una pantalla o frente a un folio en blanco, será como tiene que ser.” (Neil Gaiman)

Siempre he tenido la necesidad de contar historias. No recuerdo el día que descubrí que quería ser escritor, pero sí recuerdo el día que escribí mi primer cuento. Fue incluso antes de sentir pasión por la lectura. Tenía seis años, estaba en primero de primaria y no hacía mucho más que doblar una hoja por la mitad y describir algo parecido a una escena acompañada de un par de dibujos.

Aun así, era demasiado pequeño como para pensar en algo más que ser astronauta. No fue hasta que nuestro tutor de segundo de primaria empezó a mandarnos redacciones cuando empecé a sentir alguna inquietud por la escritura. Me entretenía inventándome historias (aunque no llegara a plasmarlas en el papel), mi profesor decía que se me daba bien aquello de escribir y no destacaba en el fútbol, así que, poco a poco, acabé encontrando mi vocación. Descubrí a J.K. Rowling, que consiguió hacerme sentir con sus palabras lo que ninguna otra novela había sido capaz, manteniéndome tan enganchado a las aventuras de Harry, Ron y Hermione que devoré la saga entera en un verano y me alentó para empezar mi primera novela.

Solo deseaba publicar obras como las que leía, crear esos mundos donde la magia no conocía fronteras, recorrer sus ríos y montañas, visitar sus ciudades y plasmar las aventuras que no paraban de surgir en mi cabeza. Y quería que la gente las leyera. Quería que sintieran lo mismo que yo cuando me refugiaba entre las páginas, cuando viajaba junto a Jack y Victoria por el mundo de Idhún o cuando recorría las lúgubres calles de Menzoberranzan junto a Drizzt Do’Urden. Quería crear esos refugios donde los problemas del día a día se diluían durante unas horas.

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“Sé implacable a la hora de proteger tus días de escritura. No cedas, por ejemplo, ante las peticiones de celebrar reuniones «imprescindibles» y «tan esperadas» en esos días. Lo curioso es que, aunque la escritura ha sido mi trabajo real durante varios años, todavía parece que tengo que luchar por el tiempo para dedicarme a él.” (J.K. Rowling)

Estuve demasiado tiempo obsesionado con escribir una novela y me enfadaba cuando me decían que era demasiado pequeño, renegando de los relatos y sus concursos. Entonces cumplí los catorce años y conocí a una nueva profesora de lengua. Por suerte, me sacó esa idea de la cabeza y me animó a presentarme a un concurso. La confianza que depositó en mí me infundió el coraje necesario para escribir y enviar un relato.

Gané el primer premio y debo reconocer que no sé si no me hubiera rendido de no haberlo hecho. Necesitaba ese reconocimiento. Necesitaba que la gente me leyera y me tomara en serio cuando decía que quería ser escritor. Y, por un tiempo, así fue. Entré en una buena racha y los fracasos que no tardaron en llegar apenas me molestaron. Aproveché para empezar una nueva novela de fantasía medieval inspirado por un tipo de obras que no estaba acostumbrado a leer, como El nombre del viento y las sagas de Geralt de Rivia y Canción de hielo y fuego.

Aun así, veía el instituto como un impedimento para avanzar en mi novela. Las mañanas eran largas y entre exámenes y tareas era difícil encontrar tiempo para escribir de forma constante más allá de las vacaciones de verano. Para mí, la universidad era como una promesa hacia la libertad. Pensaba que cuando llegara iba a tener todo el tiempo del mundo para avanzar mis proyectos y cambiar mi ritmo de vida.

No lo fue.

Y no porque me equivocara al escoger la carrera ni porque las circunstancias no me fueran del todo favorables. Eran dificultades, no restricciones. No he dejado de pensar en que todo cambiaría cuando acabara la carrera hasta hace unos meses, cuando decidí hacer frente a todo lo que me estaba perjudicando e impidiendo avanzar en mis proyectos.

Sigo estudiando esa carrera que no me gusta y con la mayoría de problemas que antes tenía, pero gracias a este blog y los cambios que he realizado en mi vida por fin siento que estoy avanzando en mis proyectos. Escribo todos los días, aunque esté cansado y no me apetezca. Si la escena me aburre, la vuelvo a planificar o cambio a otra. Si el artículo no me convence, desecho la idea y busco una que realmente me motive.

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Olvida la inspiración; el hábito es mejor. El hábito te mantendrá activo, estés inspirado o no. El hábito te hará llegar al final de tu novela y pulirla. La inspiración, no.
El hábito es la persistencia puesta en práctica.” (Octavia E. Butler)

Sigo teniendo dudas y miedos, por supuesto. Todavía no he colocado el punto final a la novela que llevo tanto tiempo escribiendo y el hecho de acabar la carrera me va a escupir sin escrúpulos al mundo laboral en unos meses. Apenas encuentro apoyo en la gente de mi alrededor y la mayoría ni siquiera lo comprende. Y seguramente tú estés en la misma situación, así que al menos sabemos que no estamos solos. Ahora pregúntate si quieres hacerlo. Pregúntate si quieres perseguir tus sueños, si estás dispuesto a dejarte la piel en el camino, si estás dispuesto a sacrificarte sin tener ninguna garantía de que vas a conseguir las metas que te propongas. Si es así, adelante.

Olvídate del fracaso y entrégate a tu obra. Olvídate del éxito y honra a la literatura. Enorgullécete de tu oficio y del arte. Como dijo Alan Moore, trata a la escritura como una deidad inmensa de la que tú solo tienes un pedazo.

Recuerda que es tu ikigai. Ámala y disfruta con ella. Persevera y sé disciplinado, pero, sobre todo, sé feliz. Trabaja y esfuérzate. Lee libros técnicos y artículos sobre ficción y escritura. Analiza todas las obras que consumas. Literatura, cine, televisión, cómic. Pide y escucha consejos, y, sobre todo, aprende de ellos. Escucha las críticas y utilízalas para mejorar y progresar. Ármate de paciencia. Desecha, corrige, reescribe. Absorbe conocimientos. Cuida tu escritura y forja tu estilo. Perfecciónate. No lo dejes para el día siguiente. No esperes a la inspiración. Escribe y recuerda por qué esta es tu pasión.

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“¿Un consejo para los escritores jóvenes? Vete a casa esta noche, coge el teléfono, habla con esa gente que no cree en ti y diles que se vayan al infierno.” (Ray Bradbury)

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