Cómo comportarse en la multitud es mucho más que una mirada adolescente al mundo adulto. Es una obra sobre la muerte, la familia y la vida de nuestros días. A veces divertida y a veces melancólica, pero siempre entrañable.

Como las buenas comedias y la vida misma, esta es una historia repleta de elementos absurdos y excéntricos. Un drama disfrazado de humor. O humor disfrazado de drama. ¿Qué más da? Es lo mismo: no hay nada mejor para recibir una mala noticia que una sonrisa.

«En cuanto un personaje me arrancaba un vítor o una lágrima, automáticamente tenía ya sitio en mi mundo paralelo de película en el que jamás pasaba nada que fuera traumático».

Isidore, el más pequeño de una familia de seis hermanos y narrador de esta historia, intenta abrirse paso en un hogar donde todos son inteligentes y extraordinarios excepto él. Una casa de habitaciones cerradas con un padre que dedica su vida entera al trabajo, unos hermanos demasiado mayores como para comprender a nuestro protagonista y una madre que no tarda en verse envuelta en sus propios problemas.

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Camille Bordas refleja muchos los males de nuestra sociedad a través del comportamiento de los hermanos de Isidore, la actitud de los padres de Denise ante la enfermedad de su única hija y el estilo de vida de Daphné, la anciana centenaria que ha enterrado a todos sus hijos y maridos. Nos invita a reflexionar sobre el individualismo y la pérdida de valores en la familia.

Cómo compartarse en la multitud es, en defenitiva, la mirada profunda a la sociedad occidental que todos deberíamos lanzar. Nos habla sobre encontrar nuestro sitio en el mundo y, a la vez, del miedo a hacerlo. El miedo a lo desconocido, a mirar hacia delante y a dejar una parte de nuestra vida atrás.

Igual que todos nosotros, el protagonista trata de encontrar su sitio en el mundo. Para su madre es el hijo sensible que la acompaña a la carnicería; para su hermana Simone, el encargado de escribir su biografía; para su amiga Denise, la única persona a la que se puede aferrar en este mundo de locos; y para su hermana Berenice, el pequeño e inocente miembro de la familia que conoce sus secretos más oscuros.

«Ella sabía que yo sabía que de mayor ella quería estar muerta, así que le di total libertad para que se inventara otra cosa».

Si algo debemos aprender de Isidore, es su pasión por escuchar. Porque cuando escuchamos, no solo aprendemos, sino que comprendemos al otro. Isidore escucha a todas las personas que lo rodean. Observa sus comportamientos, pregunta y hace todo lo posible por ayudar… Porque Isidore, ante todo, se preocupa por las personas.

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Nadie le presta atención mientras él trata de prestársela a todo el mundo. Nadie se preocupa por su vida cuando él se preocupa por las de los demás. Su madre sufre en silencio y sus hermanos están tan enfrascados en su trayectoria académica que se olvidan de lo que está más allá de las paredes de su habitación. Por eso Isidore encuentra en sus escapadas una fantasía que nunca llega a completarse. Y quizá sea porque lo que busca está mucho más cerca de lo que cree.

«Tampoco sabía si debía dar por concluida la conversación o no. Lo que sí sabía era que, si seguíamos mucho tiempo así, sin que ninguno dijera otra vez aquellas palabras tan importantes que habíamos pronunciado hacía apenas unos minutos, perderían parte de su peso y tardarían mucho en volver a nuestros labios».

Cómo comportarse en la multitud es una historia que todos hemos vivido. Demasiadas veces somos incapaces de escuchar a las personas que nos quieren y queremos, y demasiadas veces nos olvidamos de que están ahí… Y Camille Bordas trata de recordarnos eso mientras nos hace sonreír con las aventuras y desventuras de Isidore.

“—El embudo representa tu vida y la mía —dijo Simone—. Las posibilidades, las oportunidades. —Señaló con el boli el punto en el embudo en el que yo me encontraba—. Cuando naces, tienes un número prácticamente ilimitado de opciones, estás nadando en lo alto del embudo y las vas analizando, aunque no pienses en el futuro o, al menos, aunque no veas el futuro como un nudo corredizo que se va cerrando sobre ti. —Señaló entonces el fondo del embudo y luego volvió la punta del boli hacia la equis que me representaba a mí—. Te parece que, si acaso, el futuro te deparará más de lo mismo, más libertad, más oportunidades, porque ves cómo tus padres cada vez retrasan más la hora de mandarte a la cama y piensas, ¡chaval, qué guay!, piensas que si eso es así de niño, entonces ser adulto será la caña, solo que entonces, poco a poco, el fondo te va succionando. Al principio ni te das cuenta, empieza con las optativas en el instituto: ¿más literatura, o más física?, ¿te pones a estudiar un tercer idioma o te tomas en serio la música? Y entonces van desapareciendo sin que te des cuenta algunas de esas oportunidades que entreveías para el futuro y te va succionando cada vez más el fondo, te mete en un remolino de decisiones precipitadas, hasta que haces una tesis doctoral tan específica que solo hay veinticinco personas en el mundo aparte de ti que la entienden, veinticinco personas a las que les interesa.”



Ilustración de cabecera: Tavener Scholar.

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