Hablemos de Murakami y de Tokio Blues. Hablemos a ver qué pasa. Pero… ¿hablar bien o no hablar bien? Esa es la cuestión.

Y de verdad que esa es la cuestión. Leer a Murakami ha sido para mí una mezcla de sensaciones contradictorias. Desde que abro uno de sus libros hasta que lo cierro por última vez soy incapaz de desconectarme emocionalmente de sus personajes. Si algo he de reconocerle, es su maestría a la hora de transmitir sentimientos a través de una prosa ágil y sencilla. Una prosa que te guía sin complicaciones a lo largo de toda la historia. Por eso, aun en las escenas más surrealistas, sus novelas son fáciles de seguir que en absoluto implica que sean fáciles de escribir.

Entonces… ¿por qué el dilema?

Porque después de terminar Tokio Blues, a pesar de que me mantuviera enganchado e interesado hasta el final, tan solo me quedó la sensación de haber leído algo muy melancólico y, quizá, un poco pretencioso.

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No voy a ser quien diga que no es una lectura recomendable cuando para tantos lectores se ha convertido en su novela favorita, pero, por esa misma razón, hay que cuidarse de las expectativas.

Tokio Blues tiene algunos pasajes evocadores y, en general, todas sus páginas reflejan la tristeza en la que están sumidos los personajes. Sin embargo, más allá de esto, te encuentras con que la narrativa de Murakami es sexo explícito, discos de jazz, referencias a clásicos mientras un personaje bebe una copa de alcohol, listados —no descripciones— de las prendas que viste un personaje y el color de cada una de ellas, e innumerables ingredientes de recetas de cocina japonesa.

A Murakami le encanta lo físico. Veamos lo que dice en esta entrevista:

P: Lo preguntaba por el modo en que sus relatos convocan todos los sentidos. Hay música, sexo, comida…

R: Me gustan las cosas físicas. Si escribo sobre alguien que bebe una cerveza, espero que los lectores quieran una. Busco imprimirle a mi literatura esa dimensión porque confío en la reacción corporal como algo ­auténtico, inmanejable, y si aparece, creo que la historia está funcionando. Si alguien en el libro enferma, me gustaría que el lector viviera sus síntomas. Ese es el propósito del relato.

El problema es que no te entran ganas de beber una cerveza ni de comer unas galletas. Porque Murakami se limita a contar que el personaje se bebe la cerveza o se come las galletas, nada más. Y, en caso de tratarse de un plato elaborado, escribe todos los ingredientes que lo componen.

Lo mismo hace con la ropa de los personajes. En cada nueva escena, recita una retahíla de prendas y su color. Veamos un ejemplo: «Al final, Midori y yo entramos en una cafetería del barrio; Midori se comió un arroz con curry, y yo tomé una taza de café. Llevaba una camisa blanca de manga larga y un chaleco amarillo de lana con peces bordados, un fino collar de oro y un reloj de Walt Disney. Comió con apetito el arroz con curry y bebió tres vasos de agua».

Esto se repite constantemente a lo largo de sus novelas. En el caso de Tokio Blues, acabamos conociendo el armario de Midori y del resto de secundarios al completo. Y por supuesto también vamos a saber todo lo que comen.

Eso sí, nunca hace más que nombrarlo. Esas sensaciones físicas que tanto le gustan, no las describe. Únicamente nombra los alimentos y el tipo de sexo y alcohol.

Otro ejemplo: «Al atardecer entré en una pizzería y, mientras bebía una cerveza y tomaba una pizza, contemplé una puesta de sol tan hermosa que parecía un milagro». Watanabe entra en una pizzería y, para sorpresa de nadie, se come una pizza.

No solo es alcohol, café también hay para aburrir: «Redacté una larga carta mientras tomaba gran taza de café y escuchaba un viejo disco de Miles Davis».

Pero sobre todo alcohol: «Después de pedir un whisky con soda, me fijé en la gran maleta de piel que descansaba a sus pies. […] Bebí un trago de whisky con soda, le encendí con una cerrilla el cigarrillo de Marlboro que sostenía entre los labios».

Esto no son ejemplos rebuscados. Una buena parte del estilo de Murakami se basa en beber, comer y ver cómo van vestidos los personajes basta con abrir páginas al azar de sus libros. Otra buena parte consiste en lo mismo pero con sexo. Y, ya por último, donde más brilla el autor japonés, está el plano sentimental. Ahí sí que considero que logra transmitir sensaciones al lector sirviéndose de pocas palabras.

Pero después de esa prosa contenida que tanto evoca durante varias páginas, Murakami explota y se deja llevar por lo fácil: «El olor de la hierba, el viento gélido, las crestas de las montañas, el ladrido de un perro». Porque Murakami tiene un estilo muchas veces sobrio, pero luego dice que el viento es gélido; y las nubes, blancas. A la vez que te planta símiles entre la luz blanca y pálida de las farolas y la luz de la luna.

HarukiMurakami

Si la novela hubiera sido una comedia negra en vez de un drama, me habría gustado mucho más, porque Tokio Blues cuenta una de esas historias que peca de tomarse demasiado en serio a sí misma. Un resumen superficial de la trama no sería más que una cadena de muertes y relaciones sexuales que suceden entre suicidios, enfermedades terminales, infidelidades y borracheras.

El drama es un género que me gusta y, evidentemente, para que una novela sea dramática, tiene que haber drama. Pero Murakami refuerza el tema de la muerte y el sexo a base de excederse.

En caso de tener que realizar un resumen más profundo, tampoco hay muchas capas que explorar. Trata sobre la muerte, el suicidio y el sexo como medio para llenar el vacío existencial. ¿Por qué? Porque es lo que ocurre constantemente en la novela. No hay más y eso puede hacer que, en conjunto, resulte insustancial.

Watanabe, nuestro protagonista, recuerda con nostalgia su época en la universidad mientras escucha Norwegian Wood. A partir de ahí, no volvemos jamás al tiempo presente, de forma que no podemos llegar a conocer su situación actual, de la misma forma que tampoco sabremos qué relación guarda la canción de The Beatles con esos años pasados que conocemos solo a través de sus palabras.

Nos vemos arrastrados junto con Watanabe por una serie de sucesos ante los que él se deja llevar, porque es frío, serio e imperturbable; y, más allá de la muerte y el sexo, lo único que le queda a Tokio Blues es el vacío existencial de Watanabe. Esa sensación de que tu vida pasa ante tus ojos como si fueras un mero espectador de la misma está mucho mejor reflejada en El extranjero de Camus, con la mitad de páginas y sin personajes secundarios.

Murakami muestra bien la cotidianidad de aquellos años de Watanabe, pero lo cierto es que no hay una gran trama detrás. Quizá por eso el protagonista está rodeado de personajes que resultan mucho más interesantes que él.

¿Y cómo son esos personajes? Excéntricos o misteriosos. Es el truco que Murakami utiliza en sus libros. A algunos personajes los caracteriza bien, dotándolos con una personalidad muy extravagante, y a otros los envuelve en un aura de misterio para que parezcan interesantes. Eso sí, detrás de esa aura de misterio no hay más que un personaje vacío, como los arcos de desarrollo. Porque incluso el personaje más real de Murakami carece de arco de desarrollo.

Por eso creo que el escritor nipón está más cerca de la literatura comercial que del Nobel. Y eso para nada es algo malo, ni mucho menos. Todo lo contrario. Su obra es entretenida, perfecta para leer en una tarde de lluvia o, al menos, de invierno. El japonés tiene la genialidad de transmitir la tristeza mientras te atrapa entre sus páginas como pocos. Y consigue eso mientras no te cuenta nada. Sus historias son, como ya he dicho, cotidianas. Los personajes secundarios vienen y van, y luego vuelven. A veces divierten y a veces entristecen. Y esto es algo muy meritorio.

En cualquier caso, creerse intelectual por leer a Murakami es como creerse amante de la filosofía por leer a Paulo Coelho. Esto funciona en ambas direcciones. Si has escuchado opiniones que dan a entender que los libros de Murakami son muy profundos o sesudos y eso te echa para atrás, lánzate sin miedo. Lo único que vas a percibir es la melancolía de los personajes enfrentándose a una crisis existencial. Y si estás buscando una lectura densa, Murakami no te la va a ofrecer.

Aquí hablo de Murakami. Otra vez. Sobre su última novela, La muerte del comendador.

3 comentarios sobre “Hablemos de Murakami: Tokio Blues

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