Decía Scorsese unos días antes del estreno de El irlandés que el cine de superhéroes no era cine y muchos de los fanáticos del género no tardaron en acribillarlo a insultos y reproches desde sus redes sociales. No vengo a revelar algo que otros no hayan revelado ya: Scorsese hablaba del cine como arte. Y creo que, desde la objetividad, cualquier acérrimo entusiasta acabaría reconociendo, al menos en última instancia, que el cine de superhéroes que llena las salas no es arte. Hecho que no implica su pleno disfrute. Podemos apreciar la belleza del resultado de un buen oficio sin que este nos entretenga y podemos entretenernos con lo más simple del universo. Los gustos son de cada uno.

Ahora bien, las películas de superhéroes son, en su mayoría, un mero encargo. No hay autor. Hay intereses, productores y decisiones comerciales. El cine abandonado al capitalismo. O lo que es lo mismo, la industria del cine, el mismo monstruo que ha arrojado a Socorsese a las fauces del gigante Netflix, paradójicamente, convirtiendo a El irlandés en una más. Una más entre un colosal catálogo de obras de autor, de culto, de arte y de basura comercial. Un estreno discreto en salas de cine debido a las propias restricciones de la plataforma en línea, que quiere la mayoría de los espectadores para ella.

El-irlandes-de-niro-pesci.jpg

Aun así, El irlandés forma parte de la historia del cine y eso es algo que a Scorsese no podrán arrebatarle. Vivimos en la fiebre del consumismo compulsivo, de que cada nueva serie, cada nuevo libro, cada nueva película, sea la obra maestra mejor concebida de toda la historia historia de esa semana, más bien—. Pero El irlandés no será una de esas que obtiene el título a mejor película del día en redes sociales y el mes que viene ya ni me acuerdo. Porque El irlandés no es historia de la semana de Netflix. El irlandés será atemporal.

Una obra maestra

Para Robert McKee, maestro al que todo creador debería leer y escuchar —luego ya, si quiere, contrariar—, el guion es el pilar que sustenta toda película y la dirección queda relegada a segundo plano. No sé lo suficiente de cine como para analizar la grandeza de Scorsese con su cámara o el montaje de Thelma Schoonmaker —los montadores, esos grandes olvidados—, así que, como espectador, solo puedo admirar su trabajo y decir que me parece maravilloso. En cambio, sí puedo deleitarme con ese importante cimiento de toda obra de ficción: su estructura, su guion, su alma.

No es fácil profundizar en el guion de esta película —escrito por Steven Zaillian, pero sí se puede describir con una sola palabra: soberbio.

“Cuando era joven, creía que eran los pintores los que pintaban casas. ¿Qué iba a saber yo? Era solo un currante. Un conductor de la agrupación local 107 al sur de Filadelfia. Bueno, uno de los muchos que había. Hasta que dejé de serlo para empezar a pintar casas… yo también”.

Soberbio no solo a nivel de estructura, personajes, entramado y diálogo. Soberbio en cuanto a subtexto. Conversaciones banales que encierran el alma de la película, miradas que transmiten no solo la crudeza y la nostalgia de un gánster olvidado, sino de un director cuya obra se acerca a su fin.

el-irlandes-anna-pequin.jpg

Lo había escuchado ya antes de ver la película y no puedo menos que reiterarlo. Los tiros que descerrajan los revólveres de El irlandés y los casquillos que tintinean sobre el asfalto suenan a despedida. Seguramente no sea la despedida de Scorsese, pero sí de su cine de gánsteres, su gran cine. Ese que empezó con Malas calles, se consolidó con Uno de los nuestros y Casino, mostró sus orígenes en Gangs of New York y casi remató con Infiltrados. Porque, seamos justos, por magistral que sea esta última película mencionada, Scorsese debía a su cine de gánsteres una bala en la recámara. «Todas las horas hieren, la última mata», dice el proverbio. Y eso hace El irlandés. Eso hace Robert De Niro. Eso hace Frank Sheeran.

Una última bala que reúne a Al Pacino, Joe Pesci, el propio De Niro y multitud de actores y actrices reconocibles dentro del género y la obra de Scorsese. Todos se concentran aquí, en esta última gran despedida. La despedida de un cine único, el más emblemático del director.

Con todo eso, El irlandés es de alguna manera una película de gánsteres atípica en la obra de Scorsese. Una película de violencia comedida, que prefiere mostrar la crudeza antes que la brutalidad, algo poco común en el cine de este director. Así, vemos una representación de la muerte mucho más elegante, sin excesos.  Solo se ven seis o siete asesinatos en tres horas y media de metraje y Scorsese apenas dedica escasos segundos a cada uno. Son directos, limpios aunque la pared de alguna casa sí que pintan— e impersonales. El irlandés no es una película violenta. Es una película cruel, despiadada, fría. Pero también humana, triste y sincera. Sobre todo, sincera.

¿Pues quién?

Vale, te lo diré: Tony.

¿Tony? ¿Qué Tony? Todos se llaman Tony. ¿Es que a los italianos no se les ocurre otro puto nombre?

El empleo de humor ha sido uno de los grandes aciertos del guion. Un humor ácido, negro, que te hace reír en un contexto que no es divertido, porque puedes hacer chistes sobre Tony y soltar una carcajada, pero sabes que el mensaje que Tony te está enviando es un ultimátum.

Este mismo juego, de dobles sentidos e ironías es una constante durante toda la película y no solo aporta calidad a la misma, sino que ayuda a rebajar la tensión y a mantenerte pegado a la pantalla.

The-Irishman-Pacino.jpg

Scorsese se basa en el libro de no ficción I Heard You Paint Houses de Charles Brandt —escrito a partir de cientos de grabaciones de conversaciones con el verdadero Frank Sheeranpara contarnos el recorrido de Frank Sheeran Robert De Niro—, irlandés al servicio de la mafia italiana, y su amigo Jimmy Hoffa —Al Pacino, uno de los sindicalistas más importantes de Estados Unidos, que también estuvo relacionado con el crimen organizado.

Ambos se ponen en contacto a través de una llamada de teléfono concertada por Russell Bufalino Joe Pesci, íntimo de Frank y miembro de la mafia italiana.

¿Eres Frank?

Sí.

Hola, Frank. Soy Jimmy Hoffa.

Me alegro de conocerle.

Yo también me alegro, aunque sea por teléfono. He oído que pintas casas.

Sí, señor, claro. Y también se me da bien la carpintería.

Pero, como dice Frank al principio de la película, no eran los pintores los que pintaban casas.

TI_KS_063.jpg

Los diálogos, la forma de presentar los detalles y construir la historia, y las interpretaciones magistrales de Capone, De Niro y Pesci valen su peso en oro, pero donde realmente brilla El irlandés y donde termina de cautivar por completo es en esa hora final.

Dime, ¿quién va a estar ahí?

Todo el mundo.

Tony, Tony, Tony, Tony y… ¿Tony?

Sin destripes: la historia ya comienza en una residencia de ancianos, con Frank Sheeran hablando desde una silla de ruedas, y a medida que nos acercamos a los últimos minutos de la cinta, también nos acercamos inevitablemente a ese gánster irlandés ajado y olvidado.

Imágenes que resultan devastadoras después de todos los acontecimientos observados en pantalla. Scorsese y Zaillian logran que sientas lástima por personas que no la merecen. Aquí no hay romantización del crimen organizado una tendencia hoy enaltecer el mundo de la mafia en el cine y la televisión. Esto no es Peaky Blinders. Los gánsters no encantan, no gustan, no parecen estupendos. En El irlandés los mafiosos son asesinados en la puerta de su casa o de su coche, mueren solos o mueren en la cárcel. No son inmunes al paso del tiempo y la vejez. «Tarde o temprano a todos les llega el momento», nos dice Frank Sheeran, arrastrando el peso de toda una caída en desgracia con esa frase: la caída de esos reyes de la mafia que ya no tienen dientes para masticar el pan.

“Es lo más duro para todos. Cuando te entierran, cuando te meten bajo tierra. Porque es definitivo. Si entras en un panteón es diferente. El nicho está ahí. Tiene que ser un ataúd de metal, pero te puede ver todo el mundo. Ahí a la vista no es tan definitivo. Estás muerto, pero no es tan definitivo”.

Porque es descorazonador ver a un anciano comprar su propio ataúd y a un padre en sus últimos años de vida intentar reparar los errores cometidos con su hija.

El irlandés es nostalgia, como todas esas cosas que la vejez trae consigo: la soledad, un mundo que ya no es el tuyo, las pastillas, los bastones, los recuerdos de una vida pasada. Ese es el golpe definitivo. La certeza de que, por muchas cosas que hayas hecho, vas a acabar bajo tierra.

El-irlandes-Robert-De-Niro.jpg

Pero no todo es tristeza en El irlandés. Como ya he mencionado, la película tiene mucho humor y eso deriva en cierto tono alegre, casi desenfadado, que se mantiene constante hasta esa caída en desgracia que es la vejez. Eso es lo que resulta tan demoledor que deja la sensación de haber visto algo muy melancólico, porque, una vez hemos sentido ese dolor, ese sufrimiento, ese enorme peso que es el pecado, ya no volvemos a mirar atrás de la misma forma.

Esta es la gran majestuosidad del guion de El irlandés. Una majestuosidad construida a base de detalles que redondean el resultado y son merecedores de reconocimiento. No se ven a simple vista, pero están ahí, cimentando una parte de la estructura.

Estos detalles se logran a través de técnicas como la regla de tres y actúan sin que el espectador se percate de ello.

La regla de tres

En cualquier historia, si repites muchas veces el mismo chiste, la misma referencia o la misma manía de un personaje, es probable que acabe sacando al espectador de la trama. Steven Zaillian, Thelma Schoonmaker y Martin Scorsese saben eso y presentan a los personajes y las situaciones con precisión milimétrica. ¿Cómo? Con la regla de tres. El tres es un número mágico, un patrón que no cansa y que no pasa desapercibido. Ya lo explica Lessons from the Screenplay aplicado a las emociones en Juego de tronos y Gabriella Campbell en su blog como una técnica narrativa todoterreno.

El-irlandes-peggy-hoffa.jpg

La relación de Peggy, la hija de Frank Sheeran y Jimmy Hoffa es relevante para la historia, pero no es su eje. Bastan tres escenas cortas y seguidas para construir esa relación tan especial entre Jimmy y Peggy: los vemos jugar juntos al golf, celebrar el cumpleaños con un helado y a ella dar una charla a sus compañeros en clase sobre la gran labor del sindicalista con la placa de «Soy amiga de Jimmy Hoffa».

Un ejemplo con más peso en el argumento principal es el número de asesinatos que comete Frank Sheeran en pantalla. Vemos el primer encargo, fácil y sencillo. Un movimiento de cámara y un tiro. Fin. Tenemos el segundo para el espectador, no para él, con una escena más larga y elaborada. Se acerca el clímax. Tenemos el tercero, el más importante, la escena más lograda de toda la película. Tanto, que nos llevan preparando más de dos horas para ella —es cierto que después veremos cometer otro asesinato a Frank Sheeran, pero con poca relevancia y ya en el epílogo de la historia.

Los dos casos anteriores no son los únicos: Jimmy Hoffa tiene que esperar en tres ocasiones a una cita que llega tarde con todo lo que eso le cabrea—, Frank y Russell aparecen tres veces en pantalla comiendo pan con zumo de uva —cada una de ellas en una época diferente de su vida— y Frank advierte a Jimmy también en tres ocasiones de que tiene que solucionar las cosas.

irlandes-de-niro-pesci.jpg

Ahí está la diferencia entre ser comedido y no. Ahí está la diferencia entre ese contar y mostrar que tan mal se le da a Murakami. Estos detalles, invisibles para el espectador, aumentan la fuerza narrativa de la película y nos llevan de la mano sin que nos demos cuenta.

Los recuerdos y nada más

Sin embargo, no puedo escribir sobre El irlandés sin volver a esa tristeza, esa pesadumbre, que arrastra Frank Sheeran en su silla de ruedas, frente al pastor, frente a la enfermera, frente a la cámara. Porque ahí reside el alma de la película y ahí es donde todo cobra sentido.

Ahí es donde los consejos de Russell para que Frank mantuviera a su familia unida dejan de ser palabras vacías. Ahí es donde las miradas de Peggy caen como losas sobre la conciencia. Ahí es donde el pecador se encuentra con la última certeza de toda vida.

Por eso y lo demás El irlandés es arte.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios .