Hoy, en estos tiempos de cuarentena, mascarillas y camas de hospital, quiero traeros este relato sobre Nuestros Héroes con el título. O, más concretamente, sobre algunos de esos héroes a los que nadie aplaude.

UNA JAULA DE HUESOS ROTOS

Quizá hay un día perfecto. Un día en que no importa si llueve o hace frío. Un día en que no importa de qué color amanece el cielo. Un día en que no importa el movimiento de las agujas del reloj, ni los pasos detrás de la puerta.

Un día sin miedos ni anhelos.

Un día sin temores ni deseos.

Al otro lado de las ventanas… quizá…

Un día sin gritos ni huesos rotos. Sin excusas ni sollozos. Sin súplicas ni lamentos.

Al otro lado de las ventanas… quizá hay un día perfecto.

Pero a Él no le gusta que abra las ventanas.

La luz se cuela por las rendijas estrechas de las persianas, todo el día bajadas. Atrapa las volutas de humo del cigarrillo y reverbera en la alfombra de cristales rotos. El reflejo forma una tonalidad sobre los añicos, de una discusión pasada, que recuerda a los colores del arcoíris, pero que, bajo esta penumbra, desde estos ojos, siempre permanece gris.

Ella se acerca el cigarrillo a los labios y aspira el veneno que sabe que la está matando. Le da igual morir. Prefiere el filo de la guadaña de una encapuchada huesuda antes que los nudillos de esa mano de carne y hueso.

Cada nueva bocanada en medio de ese humo ponzoñoso le calma la angustia y el desasosiego que la devoran por dentro. Es eso o el azúcar, y ya no contempla atiborrarse a chocolate como en otro tiempo. Él la quiere ver perfecta.

Siempre la quiere ver perfecta.

Eso le recuerda que tiene que levantarse del suelo. Para asearse y maquillarse. Los dedos que sujetan el cigarrillo tiemblan durante un instante y las cenizas caen fuera de la taza que hace de cenicero, junto a los pedazos de cristal de reflejos apagados.

Tonta, se susurra mientras se esfuerza en ponerse de pie.

Tiene que limpiarlo. Tiene que limpiarlo todo y tiene que limpiarse Ella. Tiene que arreglarse.

Porque está sucia y está fea.

El dolor le sacude la mano cuando agarra el cepillo. Debería ponerse hielo para bajar la inflamación, porque a Él no le gusta ver las consecuencias de sus propios actos y no sabe cuánto tiempo le queda. Se estremece igual que cuando sus dedos crujieron bajo la gruesa suela de bota al estilo militar. Esas botas que Ella misma compró una tarde de abril. Un abril de otro tiempo. Las envolvió en papel de regalo y garabateó un «te quiero» junto a la silueta de un corazón rojo.

Trata de pensar en eso ahora con cierta nostalgia, pero sus propios gemidos ahogados vuelven a sonar dentro de su cabeza, acompañados por el crujido de sus huesos al romperse. Se estremece de nuevo y trata de camuflar el recuerdo reciente tras unos más viejos, más fuertes. Y poco a poco el crujido se desvanece bajo caminatas por la sierra, bajo el murmullo de la hierba y las hojas secas, de los insectos y de los pájaros.

Al otro lado de las ventanas, estallan aplausos. La respiración se le agita otra vez y trastabilla hasta la habitación. Las agujas marcan casi las ocho. Los vítores y la música no tardan en sumarse a tan fraternal estruendo.

Y hoy tampoco aplaude nadie por La Otra.

No es enfermera, ni cajera, ni policía. Es una anciana de, qué va a saber Ella, setenta y tantos, quizá ochenta y tantos. Viuda desde hace décadas, rodeada tan solo de nietos a los que no sabe si algún día volverá a ver. Vive abajo y empezó hace una semana.

Era por la mañana, porque Él acababa de marcharse cuando el timbre sonó por primera vez. Ella abrió la puerta, pero no había nadie en el umbral. Solo una cajetilla de cigarrillos. El segundo día, un libro. Y el tercer día, después de una noche de las malas, fue La Otra misma, con su piel arrugada y su cabello canoso, con una bolsa de hielos y un paño, con un algodón y una botella de agua oxigenada.

Ella quiere aplaudir hoy por La Otra que nadie aplaude.

Pero los vítores y la música se van extinguiendo poco a poco…

Debería vendarse, asearse y maquillarse. Cambiarse de ropa, barrer los cristales y ensayar una sonrisa ancha frente al espejo. Pero hoy no tiene fuerzas. De verdad que no.

Así que se prende otro cigarrillo ante las persianas bajadas.

El humo la relaja.

Ya nadie aplaude.

Fuma mientras piensa en La Otra.

Tres caladas largas.

Más silencio.

Ya no piensa.

El sonido rítmico que producen las agujas del reloj al devorar el tiempo se acentúa en sus oídos. El cigarrillo se consume entre sus dedos. La esperanza muere en sus manos.

Porque hoy tampoco ha aplaudido nadie por La Otra.

La puerta del ascensor suena al final del pasillo. Un tosido. El ruido de botas pesadas, tipo militar, rebota entre las paredes estrechas. Y Ella se estremece.

El corazón adelanta a las agujas del reloj. La llave se desliza dentro de la cerradura, que cruje al girarse.

Ya está aquí.

Pero el timbre suena y Ella ya no sabe si su cerebro se ha adelantado a las llaves, a las agujas del reloj, igual que los latidos de su corazón. Se levanta y camina tambaleándose por el horror de una broma macabra. Porque no es por la mañana. Y La Otra solo llama por la mañana.

Abre la puerta después del segundo timbrazo.

Un hombre y una mujer de uniforme la esperan al otro lado. Gorra en la cabeza y pistola a la cadera. La llaman por su nombre. Ella empieza a sudar.

Hemos recibido una llamada, dicen. Tiene que acompañarnos.

Pero yo no he llamado a nadie, balbucea Ella.

Hace amago de meterse en casa y de cerrar la puerta, pero entonces siente la mano de la mujer en la espalda. Un apretón en el brazo. Una mirada sincera. Que ya está a salvo, que todo ha pasado.

Y Ella se tranquiliza, se deja llevar.

Quizá hay un día perfecto.

Neil Izur

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