«La emoción más antigua y más intensa de la humanidad es el miedo, y el más antiguo y más intenso de los miedos es el miedo a lo desconocido», decía Lovecraft. Es la hora de la penumbra crepuscular. El viento estelar se precipita por las calles altas de la colina y el humo de las chimeneas se arremolina con gracia etérea. Los poetas lunáticos saben qué hongos brotan en Yuggoth. Y todo nos es ajeno a nosotros, terrestres y mortales, condenados a desparecer algún día sin dejar rastro en la infinitud del universo. El Habitante ya era viejo cuando Babilonia era joven.

EL HORROR: NO ESTAMOS SOLOS

Caitlín R. Kiernan, autora de La joven ahogada, se sumerge en lo desconocido, rumbo al horror que hay más allá de las estrellas, en Agentes de Dreamland. Una novela corta, de algo más de cien páginas y desordenada cronológicamente. Caótica, pero precisa. Confusa, pero atrayente. Una versión actual de las historias cortas de Cthulhu. El horror cósmico es la parálisis ante la verdad secreta del universo. La exposición a una realidad que no debemos ver. La antesala a la locura.

Caitlín R. Kiernan (Dublín, 1964).

Agentes de Dreamland mezcla el horror cósmico con Expediente X, pero bebe mucho más del primero que de la serie de televisión. Es una novela corta y densa, con una prosa elaborada —mucho más elaborada que la de Lovecraft— que invita, sin duda, a más de una relectura. Cuenta mucho con muy poco y deja con ganas de más, a pesar de ser autoconclusiva. No estaría nada mal que el sello Runas —culpable de que el otro día habláramos de Un poco de odio— publicara sus secuelas, Black Helicopters y The Tindalos Asset.

¿Pero hay algo más espeluznante que conocer los horrores que nos esperan ahí fuera, más allá de la órbita del pequeño Plutón?

LOS AGENTES: EN BUSCA DE LA VERDAD INALCANZABLE

La historia de los agentes de Dreamland nos sitúa en Winslow, Arizona. Un jueves por la tarde en una pequeña cafetería con asientos de polipiel agrietados y ventanas sucias. Hay tarta de merengue de limón. Y de arándanos.

La escena es la siguiente: jueves por la tarde, el Guardagujas está sentado fumando y bebiendo pausadamente un Dr Pepper Zero ya sin gas, permitiéndose dejar escapar un contenido suspiro de alivio cuando el crepúsculo por fin se abate misericordiosamente sobre el desierto.

Allí se reúne con Immacolata Sexton, la segunda protagonista de esta historia, para intercambiar información y, por qué no, salvar a la humanidad. Hay un hongo suelto por ahí hundiéndose en los cerebros de la gente y eso no es bueno —el ophiocordyceps unilateralis, el mismo que inspiró a los guionistas de The Last of Us—. Lo sabe Immacolata y lo sabe el Guardagujas.

No lo sabe tan bien Chloe, la tercera protagonista de esta historia, la tercera pieza en el tablero de ajedrez que es el espacio-tiempo. Ella es más de seguir a los malos, a los falsos mesías y sus promesas. Pero ella no lo sabe, claro.

Hay cosas que son así, nos asegura. Determinadas palabras no se pronuncian en voz alta. Solo las conoces, y solo osas musitarlas en sueños.

Y no diré mucho más, porque es mejor descubrirlo, o intentar descubrirlo, más bien, por uno mismo. Porque esto no es más que el fragmento emborronado de una historia que nunca conoceremos, igual que sus protagonistas.

EL ESTILO: LA BELLEZA EN EL HORROR

Más allá de la angustia que Caitlín busca provocar en el lector, en Agentes de Dreamland nos encontramos una prosa elaborada, lírica y cuidada —si bien es cierto que a veces peca con esas combinaciones petulantes y poco originales de adverbio con adjetivo, como «un cielo despiadadamente azul»—.

No esperéis una estructura tradicional ni desarrollo de personajes. Sólo son cien páginas y, como buena historia de los mitos de Cthulhu, acaba con más preguntas que respuestas. Debe leerse con calma y atención, pero dejándose llevar por las palabras. Porque las palabras de Caitlín R. Kiernan te envuelven en un sueño estelar de dioses antiguos y verdades ocultas que atrapan en la vigilia, hacia ese horror que hay más allá de las estrellas. Hacia lo desconocido.

Y ahora cojamos este reloj de plata de cara abiertas que el Guardagujas siempre lleva metido en el angosto bolsillo interior superior izquierdo del traje barato que viste. Antes que a él, perteneció a uno de sus cuatro bisabuelos, y lo ha llevado desde el día en que ella murió. Será este reloj lo que le haga ganarse su apodo. Su madre lo guardaba en su tocador dentro de una vieja cata metálica de bombones surtidos. Cojamos este deslustrado reloj de plata, fabricado en 1888 por la Elgin Watch Company de Elgin (Illinois), y giremos la corona en sentido contrario a las agujas, haciendo que las manecillas retrocedan hacia el pasado 34.256 revoluciones completas. Con esta acción llegamos a la noche del 17 de agosto de 1968, a la sala de estar de una casa en las afueras de Birmingham (Alabama).

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