El mercado y la sociedad actuales favorecen las lecturas rápidas, compulsivas, insípidas. La famosa pila de libros pendientes nos mira con tanta avaricia desde la mesita de noche como las novedades del mes desde las librerías. Amazon nos tienta con sus ofertas rápidas y diarias de libros digitales por menos de lo que vale un café y Goodreads nos anima a leer más novelas que el año pasado y a escribir más reseñas que ningún otro lector… ¿Pero qué hay del placer de leer, del placer de releer? ¿Nos hemos olvidado?

Releer, v. tr. Leer de verdad algo.
Verbolario, Rodrigo Cortés.

¿En qué momento hemos dejado de leer libros y hemos empezado a consumirlos? Nos ha pasado con los vídeos tontos en YouTube, el contenido basura en Instagram, los artículos irrisorios en la red. Frases cortas, sencillas, con un lenguaje que entienda un niño de diez años para que nuestro cerebro procese tanto estímulo.

Las plataformas de vídeo en línea han convertido las series de televisión en visionados compulsivos a altas horas de la madrugada. «Esta semana he visto la mejor serie de la historia, que se estrenó ayer. Y hoy ya me he olvidado de ella, que mañana sale la nueva mejor serie de la historia».

Hasta los viajes y las experiencias hemos convertido en objeto de consumo. Somos hedonistas que buscamos el placer inmediato. La búsqueda eterna de la satisfacción constante. No queremos videojuegos que supongan un reto ni que cuenten una historia profunda. No queremos perdernos por los pasillos de un museo ni contemplar las vidrieras de una catedral. Vivimos en la era de la levedad del arte y del todo.

Porque somos una sociedad infantilizada, que teme la soledad y el silencio, que necesita ver vídeos en directo de desconocidos mientras estudia, limpia o cocina. El soma que vaticinaba Aldous Huxley ya se encuentra entre nosotros y nos estamos atiborrando. Se encuentra incluso entre aquellos gurúes charlatanes que dicen combatir esta misma pasividad propia de los muertos vivientes. Prometen la muerte del ego y del autoengaño en pos de la búsqueda del ser y de la verdad para alimentar sus atontadas tropas de seguidores con frases, libros y vídeos de autoayuda que tan bien casan con el consumismo.

Esta frenética e incesante corriente de estimulaciones lleva años arraigada en el mundo de la lectura. No lloraré por la inextinguible imperfección del mundo como Sir John. Sólo trato de enmendar la mía propia. Y haré todo cuanto esté en mi mano para conseguirlo. No quiero predicar ni reprender, pero sí animar a esa lectura lenta y concienzuda, a esa tímida relectura que desemboca en un gran redescubrimiento.

El secreto de la literatura es encontrar lo que se esconde más allá de las palabras. Pasar rápidamente de página para pasar rápidamente de libro tan sólo conduce al vacío insaciable del lector voraz. Desentrañar y releer una novela conduce al verdadero conocimiento de la misma y al verdadero conocimiento de uno mismo, porque el imperecedero fluir del tiempo imposibilita que un mismo visitante visite dos veces.

Olvidémonos de la angustia de lo no leído y regresemos a lo leído. Porque lo no leído siempre será infinitamente mayor que lo leído. Inevitablemente moriremos dejando miles de bibliotecas por leer, pero no muramos dejando la nuestra sin comprender.

8 comentarios sobre “El placer de releer

    1. Deberíamos estar más presentes en los momentos de lectura (y de cualquier cosa) y volver a disfrutar lo que un día disfrutamos. ¡Espero que redescubras tus libros favoritos pronto!
      Muchas gracias por tu comentario, Bea. ¡Un abrazo!

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  1. Más razón que un santo. Ahora mismo, ver una serie en Netflix o leer un libro se parecen más a consumir comida rápida (y a otra cosa mariposa), que a disfrutar de los capítulos de una serie o de un libro (con tranquilidad y dejándolos reposar uno detrás de otro…). Estupendo blog 🙂

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