Emilio Bueso, de Transcrepuscular a Subsolar pasando por Antisolar. Las tres novelas que componen la trilogía Los ojos bizcos del sol, la obra maestra de la ciencia ficción española. O ciencia ficción con tintes de fantasía. O biopunk, así, a secas. Qué más dará. Las etiquetas deberían importarnos un bledo a estas alturas. La trilogía de Emilio Bueso es literatura de la buena y eso es lo único que nos concierne a nosotros.

Transcrepuscular y Antisolar son dos novelas magistrales a las que le sienta de maravilla una relectura, pero Subsolar es el colofón de la trilogía. Mira que Bueso es un autor bastante rodado, con su buen puñado de galones, pero la prosa de cada volumen supera a la del anterior con creces. Chapó. Ya te puede gustar la ciencia ficción o ya puedes la puedes aborrecer, —redoble de tambores que viene pareado— que a Transcrepuscular un tiento le deberías dar.

Porque sí, porque si amas la literatura amas los libros bien escritos, y estos tres están muy bien escritos. No es tanto la trama, no son tanto los personajes. Es más el qué, el cómo. La simbiosis como motor evolutivo, el samurái castrado como protagonista, el mundo perturbado como perturbador telón de fondo.

Los caracoles del jardín dieron la voz de alerta. Elevaron las rádulas hacia las estrellas y bramaron al unísono. Y así empezó todo.
Me desperté de un sobresalto. No dudé en ponerme el gabán, agarrar el venablo, colocarme la babosa al hombro y salir al patio principal, caminando como si me acabaran de apalear, con la vista desenfocada.
La caseta en la que vivía entonces estaba junto a la garita de acceso a Palacio, aunque la verdad era que en mis tres años de experiencia como alguacil nunca había entendido el motivo. En nuestro municipio jamás pasaba nada, y menos en la brevedad de la noche.

Así da el Alguacil rienda suelta a su historia en la brevedad de la noche. Porque allí donde comienza su aventura las noches no son tan largas como en la Tierra. Los ojos bizcos del sol nos traslada a un mundo de locura aberrante y terrorífica. Tres ojos bizcos para un planeta condenado a rotar alrededor de una enana roja en a saber qué galaxia. Días y noches cortos, o días y noches interminables. Todo depende de qué ojo te haya tocado habitar.

En cada volumen conocemos los misterios y monstruosidades que guarda una de las tres partes de este planeta desquiciado: el Círculo Crepuscular, el Agujero del Mundo y el Desierto del Mediodía. El primero, la parte más habitable del planeta, con días y noches cortos, y alguna que otra tormenta. El segundo, un pozo de hielo siete y sombras infernales que nunca han visto la luz. Y el tercero, un desierto calcinado por el sol donde malviven los bandidos y los exiliados.

TRAMA, PROSA Y PERSONAJES

¿Pero de qué va Transcrepuscular? Transcrepuscular, como dicen Emilio Bueso y su editor, Alejo Cuervo, es «un viaje desquiciado en busca de respuestas». A lo que añadiría «con unos compañeros de viaje aún más desquiciados». Porque sí, el protagonista es el Alguacil, un samurái castrado con babosa simbiótica al hombro y libélula gigante por montura, pero su estrafalario grupo de viaje no tiene nada que envidiarle. La Regidora, el Astrólogo, el Explorador, el trapo… y unos cuantos más que se irán uniendo a lo largo de la aventura y prefiero no revelar.

Pero era el horizonte lo que robaba el alma.
A lo lejos, descollando entre montañas transparentes, bramaban y blasfemaban los criovolcanes. Escupían fogonazos azules a las alturas, detestaban el firmamento. Y qué firmamento. Estrellas de luces imposibles que bailaban alrededor de Jiangnu, la luna verde, proyectando sombras tenues entre el hielo. Tanta muerte viva que a veces se reflejaba en las superficies erosionadas, de forma que las luces parecían brotar de las pistas de patinaje del suelo hacia la negrura del cielo. Todo al revés.
Un lugar de espanto.

El Alguacil se lanza en mitad de la noche tras un intruso que acaba de robar una reliquia del Palacio. Lo persigue por el cielo hasta el Agujero del Mundo, hasta que su cuerpo y su libélula no resisten más el viento helado de la cara que nunca ha visto el sol. El ladrón, envuelto en sombras, se interna en la oscuridad más absoluta y el frío más extremo.

A su regreso, el Aguacil se ve obligado a emprender un viaje con la Regidora y el Astrólogo del municipio para dar caza al ladrón y recuperar la reliquia robada. Una trama tradicional que sigue el viaje del héroe y nos presenta pruebas, enemigos y personajes a lo largo del camino. Pero, como dije al principio, es el qué, el cómo. Ese «qué» es todo lo que subyace a la trama y ese «cómo» es la prosa que nos muestra el mundo de Los ojos bizcos del sol. Porque queremos leer literatura, no leer películas y series de televisión —que para eso ya tenemos Netflix, HBO, el cine y las pantallas—.

En Transcrepuscular, los humanos llevan caracoles y limacos en la cabeza que les taladran el cráneo con tentáculos y se hacen uno con los sesos. En Transcrepuscular, las ruinas de los Antiguos tienen cúpulas de vidrio rotas y cables y luces de colores. En Transcrepuscular, el destino es lo de menos y el viaje es lo de más.

Tenía la cara cubierta por una cascada de babas, y en la coronilla, un festival de media docena de simbiontes se retorcía despacio en una cópula lenta, improvisando una orgía en su cabeza. Una maraña de tentáculos, seudópodos, cuernos y ojos escapaba del caos viscoso para penetrar despacio pero constantemente al pobre gordo, por nariz, oídos, trepanaciones craneales diversas, orificios lacrimales, boca. Era una calamidad más que una persona, un espectáculo de ojos bizcos, rictus extático, respiración pesada. Estuve a punto de vomitar al contemplarlo.
Era lo que en el templo llaman un
rén jūzhù, un hombre habitado.

Esa monstruosidad es biopunk, al parecer. Un subgénero de la ciencia ficción que tiene más similitudes con el cyberpunk que con cualquier otro. En el cyberpunk, la ingeniería y el avance tecnológico se utilizan para la crítica social y la filosofía existencialista surgida del humano-máquina, la concepción del ser a partir del cuerpo cibernético. ¿Qué queda del alma cuando tenemos más metal que carne?

¿Y qué queda del alma cuando dejamos que los simbiontes respiren por nosotros, oxiden por nosotros, piensen por nosotros? El biopunk sustituye la ingeniería por la biología, los implantes tecnológicos por la genética —o, como en este caso, la simbiosis—. Un terreno poco explorado en la ciencia ficción que Emilio Bueso explora a base de bien. Que no quiere esto decir que descuide trama y personajes, sólo que el mundo y la forma de contar la historia son los pilares de Los ojos bizcos del sol.

No me convencen por eso tanto las críticas a supuestos pasajes innecesarios. La trilogía de Emilio Bueso es un viaje, un descubrimiento tras otro descubrimiento. Ciudad, población, templo o paisaje imposible. De ahí lo de antes. ¿Nos gusta leer libros o nos gusta leer películas?

Cuando leí por primera vez Transcrepuscular, escribí una reseña en este mismo blog. Ya decía maravillas de la novela, pero estaba lejos de apreciarla tanto como ahora, con dos relecturas y la trilogía terminada. Por aquel entonces lanzaba al aire la pregunta de si era la mejor obra de género escrita en castellano y ahora me atrevo a responder que es de las mejores obras que he leído. No creo que sea perfecta, pero tampoco es que haya leído una novela perfecta alguna vez. ¿Seguro que existen? ¿No son todas las obras maestras imperfectas?

En la bendita imperfección de Los ojos bizcos del sol sólo residen pequeños detalles que cualquier lector apasionado olvida. Olvida porque recuerda el viaje que el Alguacil narra a lo largo de las tres novelas, con esos personajes secundarios divertidos y extravagantes, con esos lugares de culto horrendo, con esos seres habitados de humanidad deshecha, con esos paisajes de pesadilla. Resulta difícil separar viaje, trama, personajes, trasfondo y mundo en esta odisea iniciada en Transcrepuscular. Aquí todo tiene su razón de ser y todo está relacionado. Incluso ciertas expresiones que utiliza el Alguacil y que pueden no cuadrar al principio de la novela, se acaban comprendiendo en el epílogo de Subsolar. Los ojos bizcos del sol es una obra sólida, un regalo para la ciencia ficción, para las novelas de aventuras, para la literatura.

Escribí hace poco sobre las relecturas y la calma, sobre el consumo en el mundo de los libros, y creo que Los ojos bizcos del sol es una de esas obras de la literatura que merece ser leída con atención, disfrutando de cada página. Está compuesta por libros cortos de capítulos cortos e intercala muy bien diálogos con descripciones, pero un ritmo ágil no siempre requiere una lectura ágil. Mi recomendación es, por tanto, acercarse a Transcrepuscular con calma y curiosidad para dejarse llevar por la historia de Sun Qi.

Y se señaló el occipital, donde llevaba descolgada pero puesta la caracola blanca; luego levantó la mano para cerrarla en el aire y, con una violenta ventolera, el vapor de la sauna se le metió de repente en el puño, con susurros como si, en vez de condensación, aquello fuera un enjambre de abejas de guerra. Era demencial. Apretar el vaho. La temperatura a su servicio. Pude oír cómo le crepitaban los nudillos, casi incandescentes…

EDICIONES DE TRANSCREPUSCULAR

Ahora, después de haberte puesto los dientes largos —o eso espero—, me toca hablar de las ediciones, porque si has llegado aquí sin conocer la trilogía, puede que te armes un buen lío. Gigamesh ha publicado los tres tomos de Los ojos bizcos del sol con un formato poco tradicional. Una edición limitada de oro firmada por el autor, una edición limitada de plata, una edición de bolsillo y una edición digital. Para cada novela, sí. La edición dorada salió por cuarenta euros, pero está más que acabada, así que, si quieres apostar fuerte, tendrás que correr para que no se te escapen las ediciones plateadas, por treinta euros —correr bastante, porque de Transcrepuscular no creo que queden muchas—. En estas ediciones limitadas te encontrarás tres portadas y contraportadas diferentes para cada volumen de la trilogía. No te asustes si ves un Antisolar con un cangrejo y otro Antisolar con un kraken.

Y no, el precio de las ediciones limitadas no es para que la editorial se llene los bolsillos, es para que al autor se llene un poquito más los bolsillos.

La edición normal se puede encontrar en cualquier librería por unos diez euros. Muy cuidada y, también, muy bonita. Pero si quieres ahorrar aún más, tienes cada libro en digital por un par de euros. Al contrario de lo que muchos decían, al parecer Gigamesh y Bueso sí que miran por el lector. Eso sí, para hacerte con Subsolar a precio reducido tendrás que esperar unos meses. También puedes echar un ojo al cómic que acaba de sacar Jordi Pastor, que no lo he leído pero tiene una pinta excelente.

VOLVIENDO A LA LITERATURA

Y, para acabar, volvamos a la literatura, que es lo que nos ha traído aquí. Los ojos bizcos del sol es una trilogía muy muy bien escrita, y así lo espero y lo siento: ojalá se traduzca al inglés, venda un porrón en tierras angloparlantes y ocupe el bien alto puesto que se merece en la literatura de género.

Si quieres leer más sobre Emilio Bueso, aquí te dejo mis reseñas de Extraños eones y Esta noche arderá el cielo. La segunda es recomendable, pero la primera es otra novelaza.

Hale, a leer.

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