Los unos tachan a los otros de bolivarianos y socialcomunistas, y los otros tachan a los unos de ultraderechistas y fascistas. Una batalla que se libra en los medios de comunicación y en las redes sociales con palabrería posmoderna como arma arrojadiza. Argumentos falaces que corren como la pólvora por toda la red, discursos insulsos y demagogos que cuajan entre las ingentes tropas de votantes enajenados, titulares sobre las pullas lanzadas y devueltas por líderes políticos que se comportan como chavales de instituto en plena pubertad. Porque sí, es grave que las redes se hayan convertido en patios de colegio. Porque sí, es grave que los platós de televisión se hayan convertido en patios de colegio. Porque sí, es aún más grave y casi inconcebible que el Congreso de los Diputados y los debates electorales se hayan convertido en patios de colegio.

El pensamiento corrompe el lenguaje y el lenguaje también puede corromper el pensamiento.

Los políticos parecen los machitos del recreo que no pueden con tanta hormona revuelta. Irresponsables, maleducados e impulsivos. Una panda de ególatras oportunistas que reflejan una sociedad perdida, sin pensamiento crítico, manipulada por los unos y por los otros. Porque aquí manipulan todos. Desde los verdes hasta los morados, pasando por todo el espectro de colores, sin excepción. Es su única manera de mantenerse a flote. Es su única manera de proteger el chiringuito de asesores y puestos a dedo, de administraciones inútiles y asosociaciones para los colegas, de becas y ayudas a quienes menos las necesitan. De más burocracia innecesaria.

Mientras tanto, los unos y los otros etiquetan a los suyos y a los que no son suyos. Si quieres acabar con la prostitución, eres una feminazi; si quieres abolir el género, una terfa; si quieres reducir el gasto público innecesario, un neoliberal; si quieres criticar a los que no tributan en el país, un rojo comunista; si quieres señalar los fallos de una gestión pésima de una pandemia, un fascista; si quieres utilizar correctamente el diccionario, un irrespetuso una persona políticamente incorrecta.

Al final, el Partido anunciaría que dos y dos son cinco y habría que creerlo. Era inevitable que llegara algún día al dos y dos son cinco. La lógica de su posición lo exigía. Su filosofía negaba no sólo la validez de la experiencia, sino que existiera la realidad externa. La mayor de las herejías era el sentido común.

Porque, con toda esta palabrería posmoderna en los discursos vagos y en los debates puberales, la clase política ha implementado el doblepensar orwelliano en nuestra sociedad. Un antiguo cargo de los morados estrelló su recién estrenado BMW contra un árbol la madrugada del 1 de enero de 2021, unas horas después del toque de queda. Luego desapareció sospechosamente del lugar sin dar aviso a emergencias. Quién sabe si por desorientación o por miedo a la prueba de alcoholemia. El caso es que anunció su dimisión en las redes con la siguiente frase: «Hoy yo soy la víctima del fascismo, pero mañana puede ser cualquiera». Qué curioso, el puñetero fascismo, que empuja a los más nobles a cometer los actos más innobles.

El de los verdes, a lo suyo, dice que «la destrucción de España» tiene que acabar ya, que esto va a ser insalvable, que el de los rojos, el de más arriba, es un «traidor» a la nación. Y el de los rojos, el de más arriba, dice que todos esos que con tanta vehemencia critican su ineptitud son unos «trumpistas», porque no aceptan que él es el legítimo presidente.

Doblepensar significa el poder de mantener dos creencias contradictorias en la mente simultáneamente, y aceptar ambas.

Y he aquí el éxito del doblepensar y de la neolengua. Porque somos un partido feminista y ecologista, aunque aquí mandan los hombres y el medioambiente nos importa un comino. Porque somos un partido liberal y patriótico, aunque llevamos años viviendo del Estado y preferimos las multinacionales a las nacionales. Porque somos un partido socialista, aunque subimos impuestos que sólo afectan a la clase trabajadora.

Somos, somos y somos.

Haremos, haremos y haremos.

Palabrería, palabrería y palabrería.

O, como ya la bautizó Orwell, neolengua. Tenemos más de 1984 que de 2020, 2021 o cualquier otro año de nuestro puñetero calendario. Muchos de los que ahora aclaman a la ciencia y dan lecciones moralistas a los que dudan de la eficacia o la seguridad de las vacunas son los mismos que aplaudían hace unos meses al periodista Lorenzo Milá diciendo que el virus no era más que una gripilla. Sí, por aquel entonces estaban a años luz de escuchar a esos científicos reputados que ahora mentan, esos que por aquel entonces eran tachados de «conspiracionistas y catastrofistas». Creían que en España no se expandiría el virus cuando Italia ya estaba confinada, cerrada a cal y canto.

¿Y por qué ese desafío a la lógica, al sentido común? Porque repetían como papagayos lo que decían los medios de comunicación. Y ahora sucede lo mismo. Porque ahora hay que decir que el virus es malo y la vacuna es buena, pero no porque lo digan los científicos, simplemente porque hay que decirlo, igual que antes. Porque un cirujano no puede decir que una vacuna es peligrosa, pero un reportero sí puede decir que el virus no es peligroso. Igual es que los dos son unos cantamañanas con seguidores que atacan al uno y defienden al otro, según sople el viento. Porque el problema no es sólo estar equivocado, el problema es estar equivocado sin haber reflexionado y estar acertado sin haber pensado.

Esta era la más refinada sutileza del sistema: inducir conscientemente a la inconsciencia, y luego hacerse inconsciente para no reconocer que se había realizado un acto de autosugestión. Incluso comprender la palabra doblepensar implicaba el uso del doblepensar.

El espíritu crítico se ha esfumado en medio de este atrincheramiento ideológico incapaz de detectar las descaradas mentiras de una clase política que ha logrado que sus votantes no se cuestionen nada. No navegamos por toda la red. Navegamos en las burbujas que las redes sociales crean exclusivamente para nosotros. Los algoritmos se encargan de mostrarnos la información que nos resulta agradable, los textos que dicen lo que queremos leer, los usuarios que piensan lo que queremos pensar. Ahí está la trinchera, plácida y reconfortante. Un búnker construido a medida para cada usuario. Un búnker armado hasta los dientes. Silencia, bloquea y censura a todo aquel que no piense como tú y habrás ganado. Ya está, ya no hay críticas, sólo aplausos.

Por eso quizá no sabemos llegar a las conclusiones nosotros solos. Nos lo tienen que dar todo mascado. Para qué ir a los libros, para qué ir a las opiniones de los unos y de los otros para formar la nuestra, la propia. Mejor no preguntarse las cosas, mejor no cuestionarse nada. Mejor escuchar lo que queremos y atrincherarnos tras una bandera, tras unas siglas, tras una corriente filosófica o política, sin dejar espacio a la escucha y a la reflexión. Porque para reírse de los terraplanistas primero hay que saber justificar por qué la Tierra esférica.

Era como una ecuación con dos incógnitas. Bien podía ocurrir que todos los libros de historia fueran una pura fantasía.

Este es el virus más letal que ha atacado a la humanidad. Una pandemia que ya se alarga años y que puede acabar con la libertad y los derechos de todos. Ha hecho de este mundo un lugar en el que puedes criticar a los unos y a los otros, pero en el que los unos sólo verán las críticas a los otros y los otros sólo verán las críticas a los unos. La caza de brujas ha regresado con más fuerza que nunca en esta última década. No hables demasiado alto o serás una víctima más de la «cultura de la cancelación».

Ojalá George Orwell, autor de todas las citas de este artículo, no hubiera sido un visionario tan capaz. Porque cuando ni la historia está a salvo, ya todo está perdido.

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