Seca, áspera, árida. La prosa de Olga Merino te araña la garganta. Una narrativa y un estilo idóneos para la novela que hoy nos reúne. Una historia sobre sobre la España olvidada, sobre los olvidados. Desde aquellos que se cuelgan de la rama de un nogal hasta aquellos que malviven en lo más profundo del país.

La forastera es una novela incómoda porque explora conceptos incómodos. Porque desgraciadamente la soledad, el suicidio y la muerte son muy incómodos en nuestra sociedad. El primero puede llevar al segundo, y el segundo, con total certeza, lleva al tercero.

También yo hice de la casa mi refugio, y así quiero, con sus cicatrices, los caliches en el encalado, las goteras en la cámara y la luz pinchada de un poste del tendido. La casa está rota, como yo. No tengo lazos con casi nada y tampoco temo la soledad: mis muertos me acompañan.

Olga Merino narra esta historia a través de Angie (o Ángela), una ermitaña que sobrevive en un pueblo perdido del sur. Ella tiene suficiente con su vieja Sarasqueta del calibre doce, con el lebrel y la mestiza de pelo amarillo. Le resbalan las habladurías y las infamias. Ha resistido durante años a un mundo hostil y no tiene miedo a nada. Ella sale adelante con el huerto, la limosna del estado y los garbanzos del cura. Es cuanto necesita para sobrevivir.

Vamos conociendo así la vida de Angie, sus quehaceres, sus idas y venidas. Lo que la ha llevado hasta allí y lo que la llevará hasta su futuro incierto. El sucidio del terrateniente de la zona desencadena una búsqueda, un conflicto que se cuece a fuego lento en esa España rural y olvidada.

La muerte merodea aquí desde siempre. La gente de estos predios lo sabe muy bien. Tal vez es la melancolía la que invita a desaparecer. O la calima que empaña las cosas y tanto se le asemeja. He acabado por comprender bien el espíritu de estas tierras, como si me hubieran parido aquí. Conozco la soledad angustiosa del paisaje, la gama completa de los ocres, los verdes que juegan a ser azules allí donde se encabalgan las lomas.

Recuerda al wéstern crepuscular, con esa calma tensa y esos paisajes áridos de extraña belleza, con esos personajes desencatados y atormentados. Olga Merino trata con ellos la soledad y la nostalgia en uno de los sitios con la tasa de suicidio más elevada del país. Aunque en esta novela es más la forma, el todo. Prosa, narrativa y ambientación. El lenguaje es agreste y la historia, cruda. Hay camaradería sutil, de silencios y respeto. Sed de venganza. Recuerdos de tiempos tan diferentes que pertenecen a otra vida.

No hay mucho más que decir, porque La forastera habla por sí sola. La literatura todavía tiene mucho que contar. Magistral.

En Londres, cuando Nigel y yo paseábamos juntos por las orillas del Támesis, o después, cuando me acercaba ya sola hasta los viejos tinglados de los muelles, me parecía percibir el ruido de las cadenas, el olor de la herrumbre, el chapoteo desesperado de los ahogados, el sudor viejo de los cuerpos que descargaban de la barriga de los buques toneles de azúcar, balas de algodón, reses abiertas en canal. Son cosas mías, solo mías. A la Emeteria, la hermana soltera de mi padre, le sucedía lo mismo. Mi madre decía que era por la sangre espesa de los Marotos.

Un comentario sobre ““La forastera”, de Olga Merino: un wéstern crepuscular en la España olvidada

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