Hace ya unos días que se popularizó el vídeo de una «creadora de contenido» que, según soplen las visitas, se graba probando dulces japoneses o contando experiencias sexuales. Pero ese es otro tema, no voy a criticar ahora la calidad del «contenido» de muchos de estos personajes de las redes ni lo que ellos entienden por éxito, esfuerzo o trabajo. Esta «creadora» decía en el vídeo que existen dos tipos de mentalidades: la mentalidad de tiburón y la mentalidad de pobreza. Dos tipos de personas: las que utilizan su energía para llegar a lo más alto y las que utilizan su energía para criticar a los demás y lamentarse por su mala suerte.

El problema de este discurso simplista y demagogo es que se olvida de aquellos que utilizan su energía para llegar a lo más alto y no llegan a lo más alto. Porque sí, hay mucha gente victimizándose y autocompadeciéndose días tras día, pero no podemos olvidar que la mayoría de la gente que persigue sus sueños nunca los alcanza. El capitalismo y el neoliberalismo nos han vendido un mundo que no existe. Nos han contado que todos podemos lograr cualquier objetivo que nos propongamos en un entorno hostil y competitivo, en una lucha de gladiadores con un solo campeón. Los gurúes de la autoayuda y el emprendimiento se forran con sus charlas falaces y sus libros de tapa blanda. Primero nos dan las claves del éxito y luego nos dan las claves de la felicidad, para que escapemos de esa desesperación que nos ha producido tanto esfuerzo en vano. Pero esas claves tampoco funcionan, porque la felicidad requiere calma y tranquilidad, y nada de eso podemos encontrar en el ritmo frenético de la sociedad individualizada, capitalizada y vacía, consumida y consumidora.

Jamás criticaré el trabajo personal. Ni la ambición. Ni el tesón. Ni la perseverancia. Pero sí quiero que os preguntéis, al menos, si merece la pena. Si la solución no será siempre el equilibrio entre todas las facetas de la vida. Si, quizá, cuando tengamos setenta años, no miraremos atrás con la impotencia de quien se arrepiente de una vida tan productiva y a la vez tan insulsa. Si, quizá, cuando estemos en nuestro lecho de muerte, no temeros a la intrascendencia de nuestra existencia, comprendiendo que sólo somos polvo, que ni el dinero ni los méritos se van a la tumba con nosotros.

Pero el neoliberalismo no quiere que sepamos que sólo somos polvo. El neoliberalismo no quiere recordarnos que algún día moriremos. Quiere que seamos productivos, que nos desgañitemos por empresas que nos tratan como ganado y que persigamos el éxito inalcanzable en una sociedad decadente e individualista. Quiere que soñemos con ser el gladiador que se alzará victorioso en la arena, el esclavo al que el amo quitará las cadenas, el soldado cuyas hazañas se recordarán durante milenios. Quiere que el poco tiempo que nos queda lo exprimamos consumiendo series comerciales en Netflix, historias estúpidas de vidas ajenas en Instagram y sexo falso en PornHub. ¿Entendéis ahora por qué quieren legalizar la prostitución y las drogas?

Somos gatos con un hilo corto anudado a la cola y no tenemos siete vidas, sólo una.

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